¿Os parece medianamente bien si nos ponemos a hacer periodismo con decencia?

NO, es que NO. NO soy de repente especialista en leyes rumanas, NO quiero buscar información sobre delincuentes españoles detenidos en Rumanía solamente porque la necesitan periodistas españoles para satisfacer a su público y cobrar por ello, NO tengo intención de presumir de mis contactos profesionales de mi país para hacer favores a televisiones españoles que quieren cubrir un tema sin tener que pagar a profesionales, NO me gusta sentirme engañada con la invitación en un programa televisivo en vez de recibir una verdadera propuesta de colaboración periodística. Y en general NO molan para nada los periodistas españoles a los que en años y años de trabajo una al lado de los otros nunca les interesaron mis conocimientos, contactos y capacidades para comentar asuntos de política externa de Rumanía, alguna película rumana, alguna novela contemporánea de mi país, ni tan siquiera la existencia de los rumanos de España. No, para ésto ya tenían profesionales a los que sí valía la pena pagar.

Sería una cuestión de dignidad; y respeto; y respeto a la dignidad. Porque lo que está ocurriendo está muy lejos de ello. Y justo en una profesión que se supone que tendría que estar en la vanguardia de la defensa de la igualdad de oportunidades y tratamiento de las personas. Podría seguir con grandes frases más aún: el periodista no nace, sino se hace; el periodista no solamente tiene principios éticos, sino que tiene que salir a su defensa; el periodismo es arte; el periodista es un creador; el periodismo debería de ser servicio público. O bien podría contaros qué es lo que ha pasado.

Prólogo. Un hombre de origen español está en búsqueda y captura como sospechoso por haber matado en Cuenca. La policía de Rumanía lo detiene en el oeste del país. La policia española agradece la colaboración. La justicia de España pide la extradición del sospechoso. A día de hoy, se espera la decisión. De ésto va. En el mismito momento en el que el sospechoso vuelve a España para que se le juzgue aquí, se apaga YA el interés mediático para Rumanía, la información de Rumanía, la justicia de Rumanía, las leyes de Rumanía, los periodistas de Rumanía.

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Lo que es un idioma

He aprendido el inglés y el francés en la escuela pública de Rumanía. Con ocho años ya empezaba a hablar inglés, y a los 11 formaba parte de una clase especial dentro de la escuela de mi barrio de Bucarest, en la que se nos daban clases intensivas del idioma, junto con las de una profesora americana que no hablaba nada de rumano. Sí, en la Rumanía grís de los años 90, mis compañeros, mis hermanos y yo aprendíamos inglés con una profesora nativa, a la que teníamos que hacernos entender exclusivamente en inglés.

Dos cosas ocurrieron recientemente, que hicieron darme cuenta de lo afortunada que soy: esta vez, por hablar idiomas. Por un lado, he leído un artículo que un profesor de un colegio religioso de Alemania publicó hace años, y que se constituyó en todo un maravilloso alegato a favor de la enseñanza del rumano y en contra de la del castellano en las escuelas secundarias de su país. Por otro lado, son ya varias las veces que mis alumnos de la academia privada donde doy clases de inglés y francés me preguntan con admiración y envidia cuándo he aprendido los idiomas que hablo.

Recuerdo con una sonrisa como hace más de diez años, viviendo yo una de las estancias más felices de mi vida en Alemania, con una beca Erasmus, mis amigos y compañeros de la residencia de estudiantes consideraban que hablaba ya cinco idiomas, contando también el rumano, mi lengua materna. Yo me reía en aquel entonces y no entendía cómo podía contarse el rumano también, ya que todos tenemos que tener un idoma materno. Pues claro, cuando a tu idioma materno lo hablan decenas de milliones de personas en el mundo – como es el caso del inglés, del frances, del castellano e incluso del alemán – dominar también a un otro como el rumano, y además a nivel nativo, como lengua materna, puede resultar un provecho en sí. La primera vez que me dí cuenta de lo afortunada que soy fue hace ya tiempo, al pensar en cómo he aprendido estos idiomas y al ver la sorpresa que les estoy causando a veces a mis amigos de otras nacionalidades, que tienen como idioma materno una lengua que traspasa estas nacionalidades y sus fronteras.

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Otras cosas

Más allá de las noticias, que muchas veces tuvieron que ser puntuales y concretas, siempre quise redactar y documentar una historia de los rumanos de aquí: una donde quepa todo, una formada por decenas de pequeños relatos. Sólamente así podría encuadrar en el espejo del tiempo la realidad de la gente que conocí a lo largo de estos últimos años. Sólamente una tal historia puede contar con la fuerza del ejemplo de primera mano, necesaria para una crónica realista y desapasionada de la vida de los rumanos de España.

Poder contar cosas nuevas, interesantes y apasionantes, que sorprendan, si cabe, toda una forma de pensar cuando se habla de los rumanos de España es lo quiero desde hace tiempo. No querría ni podría contar historias que lleven del todo la contraria de lo que es la realidad de esta comunidad de extranjeros en España. Pero desde que vine a España quise escribir, tanto para el público rumano como para el español, otras cosas: cosas diferentes, originales, sobrecogedoras sobre las personas, mis compatriotas, que conocí en España a lo largo de los años.

Talvez tendría que empezar con un ejercicio de imaginación y el momento en el que los cronistas de aquí a dos siglos, bajo el amparo de la lucidez que otorga el paso del tiempo, identificarían una secular historia compenetrada entre los dos países y los dos pueblos. A primera vista, el pistoletazo de salida se dió en nuestro contemporáneo siglo 21, cuando muchos rumanos decidieron buscarse la vida en España. Es el momento más visible en el mapa del tiempo que cartografía los lazos entre los dos puntos del continente, del este al oeste.

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