Hablar español tan bien como un rumano

Nadie es capaz —escribe la autora, al tratar de identificar los orígenes de un personaje histórico con raíces judías de la región de Besarabia—, de aprender español tan deprisa ni tan bien como un rumano. Esto ya llegaba más allá de la «extraordinaria facilidad para los idiomas en general y para el español en particular» que llevaba escuchando —cierto es— sin mucha convicción desde que llegué a España. Esto era mucho más concreto, por la exclusión misma: de todas las personas que se han puesto con el español en el mundo, nadie es capaz de hacerlo tan bien ni tan rápidamente como un rumano.

Llevo ya más de una década en España y desde aquel 2 de noviembre cuando aterricé en Barajas no he dejado de escuchar lo deprisa y sobre todo lo bien que los rumanos aprendemos el español, mientras que muchas de las primeras conversaciones con amigos y conocidos hayan empezado con guiño a la facilidad que supuestamente tenemos para los idiomas en general. Acababa de cerrar un trabajo sobre la identidad cultural y las razones de la existencia de la comunidad rumana de España, entre las cuales siempre se indica la cercanía entre los idiomas, y al leer las notas de una novela de Almudena Grandes, incluida en la serie de sus episodios de una guerra interminable, en la tradición de los episodios nacionales de Benito Pérez Galdós, doy con unas líneas que me hicieron reflexionar. Nadie es capaz —escribe la autora, al tratar de identificar los orígenes de un personaje histórico con raíces judías de la región de Besarabia—, de aprender español tan deprisa ni tan bien como un rumano.

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Lo que es un idioma

He aprendido el inglés y el francés en la escuela pública de Rumanía. Con ocho años ya empezaba a hablar inglés, y a los 11 formaba parte de una clase especial dentro de la escuela de mi barrio de Bucarest, en la que se nos daban clases intensivas del idioma, junto con las de una profesora americana que no hablaba nada de rumano. Sí, en la Rumanía grís de los años 90, mis compañeros, mis hermanos y yo aprendíamos inglés con una profesora nativa, a la que teníamos que hacernos entender exclusivamente en inglés.

Dos cosas ocurrieron recientemente, que hicieron darme cuenta de lo afortunada que soy: esta vez, por hablar idiomas. Por un lado, he leído un artículo que un profesor de un colegio religioso de Alemania publicó hace años, y que se constituyó en todo un maravilloso alegato a favor de la enseñanza del rumano y en contra de la del castellano en las escuelas secundarias de su país. Por otro lado, son ya varias las veces que mis alumnos de la academia privada donde doy clases de inglés y francés me preguntan con admiración y envidia cuándo he aprendido los idiomas que hablo.

Recuerdo con una sonrisa como hace más de diez años, viviendo yo una de las estancias más felices de mi vida en Alemania, con una beca Erasmus, mis amigos y compañeros de la residencia de estudiantes consideraban que hablaba ya cinco idiomas, contando también el rumano, mi lengua materna. Yo me reía en aquel entonces y no entendía cómo podía contarse el rumano también, ya que todos tenemos que tener un idoma materno. Pues claro, cuando a tu idioma materno lo hablan decenas de milliones de personas en el mundo – como es el caso del inglés, del frances, del castellano e incluso del alemán – dominar también a un otro como el rumano, y además a nivel nativo, como lengua materna, puede resultar un provecho en sí. La primera vez que me dí cuenta de lo afortunada que soy fue hace ya tiempo, al pensar en cómo he aprendido estos idiomas y al ver la sorpresa que les estoy causando a veces a mis amigos de otras nacionalidades, que tienen como idioma materno una lengua que traspasa estas nacionalidades y sus fronteras.

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