Help. Cuando el mal es un grito de auxilio

Cada frase que le echa en cara está doblada en sus adentros por un grito de ayuda y una suplicación a la redención. Cada cosa fea, torcida, amarga que le dice viene seguida por un “te suplico, ayúdame” que sólo él escucha, porque lo dice exclusivamente en su mente. Cada insulto que escupe se traduce por una imploración a auxilio que sólo el lector percibe.

Help me if you can, I’m feeling down/And I do appreciate you being ’round/Help me get my feet back on the ground/Won’t you please, please help me?

Pedir ayuda no es fácil; dar auxilio no es difícil. Pero ¿qué hacer cuando el que pide ayuda no sabe expresarlo? Más aún, ¿qué hacer cuando el que pide ayuda lo está haciendo a través de insultos, humillaciones, rechazo y reproches?

A raíz de una reciente discusión muy amarga y con profundo sabor a mal, no puedo dejar de pensar en una de las escenas finales de la última novela de Jonathan Franzen. El protagonista, el que había malvadamente construido un engranaje del que todo el mundo sale ileso menos él, se acerca a un precipicio tanto abstracto como físico. Pretende tirarse al vacío, pero durante la última conversación con su oponente bueno y luminoso, le pide ayuda. Cada frase que le echa en cara está doblada en sus adentros por un grito de ayuda y una suplicación a la redención. Cada cosa fea, torcida, amarga que le dice viene seguida por un “te suplico, ayúdame” que sólo él escucha, porque lo dice exclusivamente en su mente. Cada insulto que escupe se traduce por una imploración a auxilio que sólo el lector percibe.

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