Los aplausos que dan pavor

El primer día fue emocionante – lo confieso abiertamente. Sólo con pensar que tú estás aprovechando la tranquilidad y seguridad de tu hogar para protegerte, mientras que otros van a trabajar, y además muchos voluntariamente, para luchar contrarreloj con un virus, arriesgando sus propias vidas por vocación profesional, bueno: todo esto tiene que emocionar.

Personalmente, sólo pude asemejar la situación con la de hace nueve años ya, cuando el desastre de Fukushima nos hacía llegar noticias horrorosas sobre una parecida lucha contrarreloj de los trabajadores de la central que se habían quedado atrás, tratando de paliar los efectos de la radiación. En aquel momento recuerdo que pensé, como todo el mundo: pero esa gente ya sabe que va a enfermar, que se van a morir, y allí siguen, sacrificándose.

No pongo en duda el sacrificio del personal sanitario de España – pero sí la motivación de los que salen en los balcones cada noche. A mí me dan pavor.

El primer día fue emocionante.

El segundo día, empezaron a ovacionar como pidiendo un encore en una obra de teatro.

El tercer día, escuché silbidos – de reconocimiento, claro – como en las pocas ocasiones que fui a ver un partido de fútbol. Es decir, como en un estadio.

El cuarto día, me llega en uno de los grupos de WhatsApp ya petados con memes y vídeos del confinamiento y del “cómo me aburro en casa” un llamamiento de profesionales de apoyo a las personas con discapacidad que piden respetuosamente a la gente que desde los mismos balcones-estadio les insulta e increpa – que deje de hacerlo. Piensen ustedes, se apunta en el llamamiento, que, si ven a alguien andando por la calle con apoyo, será porque esa persona recibe una ayuda terapéutica necesaria, y son las fuerzas de seguridad desplegadas en las calles quienes deciden quién debe o puede estar allí. Estos profesionales también están trabajando; ellos también se están sacrificando y exponiendo a la infección, también por vocación. ¿A ellos quién les aplauda u ovaciona cada noche?

El quinto día, los aplausos empiezan ya a menos 1 minuto. Quieren salir ya al estadio.

El sexto día, a menos 2 minutos. Cada día más pronto, porque ya no aguantamos el confinamiento, los aplausos de las 8 de la tarde son la luz de nuestros días.

Hoy en mi barrio pegado al centro de Madrid han tirado petardos. De felicidad y reconocimiento al personal sanitario, por supuesto. En mi edificio debe haber al menos un bebé, que empezó a llorar del susto.

No son los aplausos en sí que me dan pavor; no, son todos estos humanos que ya no pueden estar en sus casas. No critico su actuar; todo lo contrario, lo compadezco – pero sinceramente, me da miedo. Todavía no lo comprendo del todo, porque yo sí sé disfrutar de mi hogar y no se me han acabado las ideas sobre qué más hacer, además de trabajar, pese al confinamiento. Sí veo que otras personas, con otras estructuras anímicas y psicológicas – no lo llevan bien del todo.

Y esto da pavor: han pasado sólo 7 días y la gente ya no puede más. La gente ya no está bien del todo.

Espero que, igual que están rodeados de expertos en sanidad y economía, los gobernantes tengan también especialistas al lado, para que les expliquen qué efectos psicológicos tiene este confinamiento en las personas. Estoy perfectamente de acuerdo con las medidas de aislamiento social – no hay otra solución. No obstante, no puedo imaginar cómo pasar muchísimas horas delante de una pantalla con luz artificial propia no tenga efectos negativos en nuestras terminaciones nerviosas, nuestro cerebro y, en definitiva, en nuestras facultades básicas para distinguir el mal del bien, recordar algo de eso propio a los humanos que es la ética, no ceder a instintos agresivos o brutales.

Espero que, de la misma forma que el gobierno evalúa el impacto económico del cese de actividad, estime también los efectos psicológicos del distanciamiento social obligatorio. Es cierto que nadie estaba preparado para este escenario pandémico. Es obvio que nadie estaba completamente preparado para no salir de casa, nadie sabe estar delante de una pantalla todo el día, nadie puede teletrabajar todo el día, con todo lo que encante un trabajo. Pero quizás ahora, desde la tranquilidad y la seguridad de nuestras casas, tendríamos que empezar a prepararnos para la ola ulterior a la pandemia – la mental y psicológica – para que no tenga efectos más pavorosos aún.  

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