
Con «La heroica ciudad dormía la siesta» comienza La Regenta, de Leopoldo Alas, «Clarín», considerada por muchos la mejor novela en castellano del siglo XIX. Mi amiga me lo comentaba hace tres años, cuando volví de unas vacaciones en Asturias y le enseñé en una foto la estatua de la Regenta de la plaza de la Catedral de Oviedo.
La fuerza narrativa que evoca esta sencilla frase impulsó el inicio de mi búsqueda de primeras frases memorables de novelas del mundo. Hay novelas memorables que tienen comienzos comunes, pero hay otras que llevan eternas primeras frases.
Las dejo aquí sin razón de jerarquía, en eterno recuerdo de mi amiga Conchi, que se fue demasiado pronto y con la que todavía me quedaban novelas por comentar y vidas por hablar.
Lev Tolstói anuncia la historia de Anna Karenina con la definición misma de las familias: «Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera».
En Historia de dos ciudades, Charles Dickens recuerda que «era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos».
Gabriel García Márquez empieza Cien años de soledad con la icónica evocación del hielo: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo».
«Llámame Ismael», inicia sencillamente Herman Melville su Moby Dick.
Jane Austen afirma en Orgullo y prejuicio que «es una verdad universalmente reconocida que todo soltero en posesión de una gran fortuna precisa de una esposa».
Puedes no haber leído La metamorfosis, de Franz Kafka, pero no puedes decir que no te suena el «al despertarse Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto».
Margaret Mitchell también deja un recuerdo inquebrantable al comenzar Lo que el viento se llevó con «Scarlett O´Hara no era bella, pero los hombres no solían darse cuenta de ello hasta que se sentían ya cautivos de su embrujo, como les sucedía a los gemelos Tarleton».
«Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados» hizo que no soltara de mis manos El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez, hasta muy entrada la madrugada de aquel primer día de lectura.
El extranjero, de Albert Camus, irrumpe con «Hoy ha muerto mamá. O tal vez ayer. No lo sé».
Marin Preda me enseña claramente en El más amado de los hombres que «la muerte es un fenómeno sencillo en la naturaleza; solo los mortales lo hacen aterrador».



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