
Te sumerges en una tormenta de emociones cuando cometes un cambio de envergadura continental — literalmente, al cambiar de continente. No es solo un cambio geográfico: la amalgama de emociones sacude los sentidos. Estos nuevos sentimientos se ven provocados por todo lo nuevo que experimentan todos los sentidos: miradas y vistas, olores, sabores, incluso tactos y sonidos nuevos. Podría acatarlo todo a las diferencias culturales, a las comparaciones que algunos hacemos sin querer entre eso y aquello —pero no. Se trata de percepciones sencillamente nuevas, en todos los sentidos, con todos los sentidos.
No surgen de comparaciones, ni siquiera. Llevo experimentando aires nuevos en Vietnam desde que llegué a finales de julio. Los llamo nuevos porque nunca había percibido algo parecido.
En el sur, el verano es eterno. Hay luz desde las 6 de la mañana hasta las 6 de la tarde, todos los días del año, con la misma intensidad. Con la luz viene el calor que sí crece sensiblemente desde la madrugada hasta la puesta del sol. Hace viento y aire muy a menudo, incluso ahora que se está apagando la estación lluviosa, pero, aun así, se tiende a buscar la sombra bajo el verde intenso de los árboles de la ciudad. El sol acecha a cada paso y no es amigo de nadie: los lugareños van siempre cubiertos de pies a cabeza en sus motos.
Este aire soleado, iluminado, y caluroso del sur, lleva también el aroma del café recién hecho, el picante de las especias que penetran hasta el fondo de la nariz. Desde luego, huele también a calor sin brisa, a sol de metrópoli, a tráfico, prisas, y aire acondicionado.
Las vistas… mis ojos y mi equilibrio se vieron al principio sobrecargados, de repente incapaces de ubicarme: no reconocer calles ni cruces, no saber en qué parte mirar para cruzar la calle, qué semáforo seguir, qué sentido de tráfico mirar. Supongo que casi como sintiera un Superman que existiera y viniera a vivir aquí: todo mucho más agudo, intenso, lacerante. Las calles son un torbellino visual. Altos edificios eclécticos se mezclan y combinan con tiendas modestas con letreros grandes y desordenados. Es como adivinar una armonía todavía no desvelada: una calle es Asia al completo, llena de pequeños negocios —la de cambiar el aceite de la moto al lado de la cafetería tradicional de la viejecita que vive en la primera planta— y luego surge una avenida que podría competir con una parisina, llena de cafeterías y pastelerías con terrazas elegantes y mesas cuqui que miran hacia la calle.
No obstante, caminar por las calles de Saigón no es para soñadores. Al menos no es aconsejable hacerlo en las aceras de las calles y callejones: lejos de ser el habitual refugio peatonal, a menudo trato de colarme entre las motos aparcadas en las aceras y las que circulan a velocidad no muy reducida a menos de una decena de centímetros de mí. Un espacio aparentemente peatonal, siempre, siempre puede llegar a estar invadido por motoristas que se quieren saltar el atasco o ganar segundos más cerca del semáforo más próximo, para entrar cuanto antes en la intersección o incorporarse en la única fila que les permite girar o cambiar de carretera. Por lo tanto, mi mente se tiene que acostumbrar a no volar por las calles de Saigón, sino estar siempre aguardando a que de repente se manifieste delante de mí el contorno de un motorista.
La ciudad no es hecha para andar. Las calles y avenidas de la ciudad de Hồ Chí Minh, y mucho menos las carreteras, están para los lugareños, los nacidos en moto o bicicleta. Lo ves por cómo los alumnos de secundaria saben incorporarse sin miramientos al tráfico en sus bicis, eléctricas o no; por como los alumnos que ya se han sacado el carné llegan al instituto en moto; por cómo cualquier vietnamita sabe colarse entre coches y autobuses, bajo mi mirada no entrenada que casi los ve rozando los vehículos más grandes. A decir verdad, el rarito eres tú, visitante occidental, al pensar que puedes disfrutar del ajetreo de una metrópoli asiática desde la tranquilidad de los espacios peatonales.
Las distancias son inmensas, entre distintos puntos de la misma ciudad: si solo te separan 4 o 5 kilómetros para ir a trabajar, considérate afortunado. Además, en moto, y sin apenas tráfico, a las 6 o 7 de la mañana, puedes llegar en menos de diez minutos. Las carreteras de seis carriles que cruzan la ciudad y pasan de ser callejuelas a avenidas con números que superan los 2.000 son, pues, algo normal, y sobre todo, necesario.
La intensidad de las emociones, la riqueza de los sentidos no dejan espacio para que se asienta la rutina, ni la vuelta al día a día del trabajo, tiempo libre, fin de semana, breves vacaciones o días festivos. Me encuentro cada día con el propósito mental de reproducir todo lo ocurrido en un día; es involuntario, más parecido a un impulso que solo controla el subconsciente. Suspiro y me digo con que basta hacer algún apunte, de vez en cuando, pero los únicos oasis de tranquilidad son a veces tan difíciles de alcanzar: una cafetería al otro lado de la calle, pero a la que solo puedo llegar cruzando unos cientos de metros más allá; una librería silenciosa y con aire acondicionado, pero en cuya acera están aparcadas por lo menos diez motos entre las cuales me tengo que colar; un parque verde verdísimo o una avenida exclusivamente peatonal a los que, una vez más, muy pocas veces se puede llegar sin dar muchas vueltas y preguntar a Google por el mejor trayecto.




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