Las novelas totales que me han embrujado

Este texto lo escribí hace casi doce años, cuando este blog daba sus primeros pasos. Lo republico hoy tal como era, porque sigue siendo verdad —y porque, desde entonces, aunque he leído muchas otras novelas muy buenas, no he vuelto a toparme con ninguna otra total, absoluta. Quizás eso también diga algo.
¿Cuándo ocurre el hechizo? ¿Cuál es el momento en el que aparece la fascinación por la lectura en un determinado idioma? ¿Cómo te das cuenta de que un libro, un autor, una historia y un habla te han embrujado? Pues cuando no te lo puedes explicar, en el instante en el que no sabes ni por qué ni cómo, pero quieres más y de repente el libro ya lo acabaste. En su soledad tan acariciada, el lector se queda con el recuerdo de una historia de ensueño y un libro de más para añadir a su lista de los inagotables.
Mis libros inagotables son unos cuantos: son los que, después de haberme cautivado, los he vuelto a leer varias veces, con tiempo considerable de por medio. Son los que he llegado a considerar las novelas totales, globales, absolutas —inagotables.
La novela total: un concepto que lo explica todo
Los términos pertenecen a la caracterización que le hizo un conocido académico rumano, Eugen Simion, a la última novela del escritor rumano Marin Preda, El más amado de los mortales / Cel mai iubit dintre pâmânteni. El crítico y académico veía en la abrumadora y apabullante novela, en la fuerza de la escritura del autor y en la ternura, el poder y los principios morales del protagonista, una novela total, porque llevaba varios niveles, varios temas y muchos personajes. Por tanto, era una novela política por la época que abarcaba, una novela de amor cuyo protagonista cree con fuerza que sin amor no hay nada (emulación de la carta de San Pablo a los corintios, en la que mantenía que si no tengo amor, nada soy), una novela sobre un moralista clásico de la raza de Albert Camus, una novela de costumbres y del mundo de los intelectuales de la época y también una novela sobre el universo rumano dentro del régimen totalitario.
Mis tres novelas inagotables
Antes de leer esta caracterización, tenía ya un hilo de tres novelas que había leído y vuelto a leer varias veces a lo largo de los años, como iba creciendo y madurando yo misma, descubriendo cada vez una nueva parte de encanto, un nuevo párrafo que me abría puertas hacia otros mundos tan alejados, una nueva mirada, un nuevo sentido, prácticamente otra incitante historia que vivía por dentro tan solo leyendo, exactamente como Bastian en su Historia interminable. A estas novelas no sabía yo cómo concretar o contextualizar, cómo definir, hasta que la crítica del académico rumano logró explicármelo tan bien. Las novelas, no desprovistas de sus propias e igualmente desafiantes historias de creación, eran Lo que el viento se llevó de Margaret Mitchell, El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez y Cel mai iubit dintre pământeni (que desafortunadamente las editoriales españolas todavía no estiman merecedora de una traducción al castellano). Las tres me habían hechizado desde la primera lectura, las tres seguían haciéndolo y las tres encajaban a la perfección con la caracterización del académico rumano.
La noche de los tiempos: el castellano empieza a hechizarme
He leído muchas bellas letras y en varios idiomas, traducciones y textos originales indistintamente, y llevaba ya años y años sin añadir ninguna otra novela a mi lista exigente y exclusivista. Hasta que vine a España y descubrí un día de lluvia en la primavera madrileña, La noche de los tiempos de Antonio Muñoz Molina. No voy a adentrarme en hacer una reseña del libro ni me atreveré a intentar escribir una crítica, pero sí sé que fue entonces que empezó el hechizo. Primero, porque no pude dejar el libro; luego, porque al acabarlo tenía la decidida sensación de que comprendía mejor el castellano y, finalmente, porque pensé de inmediato en el uso lleno de imaginación que hacían Henry James o Virginia Woolf de formas de narrar tan originales y lingüísticamente identificadas ya hace dos siglos como el stream of consciousness o el interior monologue.
Fue sencillamente deslumbrador asociar a estos autores a uno contemporáneo, que lee y comenta al filósofo de origen rumano Emil Cioran en la vida real, al mismo tiempo que lleva al lector por largos paseos por el Madrid de antaño y la Nueva York siempre joven. Sentí que me faltaba metafóricamente el aire, al recordarme de repente los concursos escolares de idiomas en los que participaba desde muy joven en Rumanía y en los cuales se nos pedía convertirnos en pequeños críticos literarios al identificar estos estilos de narración y explicar el porqué de cada uno para practicar los idiomas y alcanzar así la excelencia. Fue maravillosamente pleno este sentimiento de delicia que tuve al leer la novela.
El corazón helado: el embrujo definitivo del castellano
La fascinación se concretó al dar con la novela de Almudena Grandes, El corazón helado. Esta vez el embrujo del castellano me quedó claro. La novela sí que es apasionante y profunda, total y absoluta, con los mismos múltiples niveles y mundos que abarca, y tal vez repercuta más en los lectores españoles, que llevan también sus historias y las de sus familias a cuestas. A mí me hizo entender mejor a los españoles, su espíritu, su genio, sus formas de ver y vivir la vida; me explicó mejor su alegría y su capacidad de asombro como pueblo y me hizo ver muy bien el porqué (que va más allá del goce culinario) del vermut y la merienda del mediodía. Todo llegó gracias a un idioma castellano de ensueño, a su empleo ágil, inteligente, lleno de fuerza y ternura a la vez, completo y absoluto al esbozar tan agudamente una época, una historia personal, unas costumbres y todo un mundo español.
Hay hechizos que no se repiten
Desde entonces sigo buscando y tratando de descubrir novelas y autores que me hagan soñar así —y lo sigo haciendo casi doce años después, desde que escribí este texto por primera vez. He leído muchas novelas muy buenas, algunas que me han dejado sin aliento, pero ninguna otra que merezca el mismo adjetivo: total, absoluta, inagotable. No sé si eso es una carencia o simplemente la prueba de que ciertos hechizos no se repiten.




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