El largo y hermoso camino de aprender un idioma

Llevo ya más de una década en España y desde aquel 2 de noviembre cuando aterricé en Barajas no he dejado de escuchar lo deprisa y sobre todo lo bien que los rumanos aprendemos el español. Muchas de las primeras conversaciones con amigos y conocidos empezaron con un guiño a la facilidad que supuestamente tenemos para los idiomas en general. Lo curioso es que esa percepción lleva siguiéndome desde mucho antes de pisar España por primera vez.
Recuerdo con una sonrisa cómo hace más de diez años, durante una de las estancias más felices de mi vida —una beca Erasmus en Alemania—, mis amigos y compañeros de residencia consideraban que ya hablaba cinco idiomas, contando también el rumano, mi lengua materna. Yo me reía en aquel entonces: no entendía cómo podía contarse el rumano, ya que todos tenemos un idioma materno. Pero claro: cuando a tu lengua materna la hablan decenas de millones de personas en el mundo —como ocurre con el inglés, el francés, el castellano o incluso el alemán—, dominar además una lengua como el rumano, a nivel nativo, puede resultar un activo en sí mismo. Fue entonces cuando empecé a darme cuenta de lo afortunada que soy.
El origen de una suerte llamada idioma
He aprendido el inglés y el francés en la escuela pública de Rumanía. Con ocho años ya empezaba a hablar inglés, y a los once formaba parte de una clase especial en la que se impartían clases intensivas del idioma junto a una profesora americana que no hablaba nada de rumano. Sí: en la Rumanía gris de los años noventa, mis compañeros, mis hermanos y yo aprendíamos inglés con una profesora nativa a la que teníamos que hacernos entender exclusivamente en su lengua.
Más afortunada aún fui cuando di con el francés y con un profesor exigente que nos explicó, sin rodeos, que a él no le valía que solo hablásemos inglés. Sus clases estarían dedicadas al idioma de Voltaire. Y así llegaron los verbos conjugados, los tiempos compuestos, las formas de plural de los sustantivos. Luego, en el instituto, más horas de gramática y vocabulario, de historia y geografía de Francia.
Toda esta preparación encontró su terreno fértil cuando empezamos a ver la televisión —es decir, cuando volvió a emitir— y mis oídos se fueron acostumbrando al ritmo del inglés y del francés al mismo tiempo que aprendía a leer los subtítulos. En Rumanía siempre tuvimos las películas en versión original. Recuerdo el orgullo que sentí cuando, con unos ocho años, conseguí ver, escuchar y entender una película de un cabo al otro, yo sola, sin que ninguno de mis padres me ayudase a leer ni me explicase nada.
La historia de amor con el castellano llegó un poco más tarde, cuando quise leer el Quijote en original y no pude. Le pedí entonces a mi madre —que ha trabajado toda su vida en la Biblioteca Nacional de Rumanía— unos libros de texto y ejercicios, y durante varios veranos me puse a aprender español. El secreto terminó de cuajar cuando empecé a hablarlo con mis compañeros españoles que conocí en Alemania.
Se puede decir, pues, que aprendí todos estos idiomas en mi país. En mi pequeño, pobre, a veces infeliz país, donde la población habla un idioma minoritario en el mundo. Es una historia clásica del particular al universal, y de final feliz: a través del rumano, que es mi lengua materna y que casi recibí como una herencia inmerecida, conseguí abrirme puertas y tenderme puentes hacia otras culturas, a otros mundos —al mundo entero.
Una percepción, una cita y una pregunta sin respuesta fácil
Hace poco, cerrando un trabajo sobre la identidad cultural de la comunidad rumana en España, di con unas líneas de Almudena Grandes que me hicieron reflexionar. Al tratar de identificar los orígenes de un personaje histórico con raíces judías de la región de Besarabia, la autora escribe: nadie es capaz de aprender español tan deprisa ni tan bien como un rumano.
Esto ya iba más allá de la «extraordinaria facilidad para los idiomas» que llevaba escuchando, sin mucha convicción, desde que llegué. Esto era mucho más concreto: de todas las personas que se han puesto con el español en el mundo, ninguna lo hace tan bien ni tan rápidamente como un rumano. Me pregunté, por supuesto, si esto es solo el fruto de una percepción o el resultado de una observación empírica.
Siempre que se me elogiaba la capacidad de los rumanos de aprender idiomas, venían explicaciones que me parecían sensatas y también bastante obvias: el rumano es un idioma minoritario, y para poder comunicarse en el mundo globalizado, aprender otras lenguas no es una opción, sino una necesidad. Además, la enseñanza pública en Rumanía le da a los idiomas una importancia considerable —precisamente porque, sin un segundo idioma, el rumano que sale al mundo no tiene con qué comunicarse. A todo esto se suma la cultura de la versión original y los subtítulos, que desde pequeños nos entrenan el oído y la comprensión. El resultado es una apertura natural a mecanismos y estrategias para adquirir lenguas con mayor facilidad.
Lo vivo yo misma y lo veo reflejado en la historia de mis propios aprendizajes: no fue un don innato, sino un ecosistema —educativo, cultural, necesario— que me preparó para ello.
Rapidez no es lo mismo que dominio
Dicho esto, creo que muchas veces se confunde, en la percepción de los españoles, la rapidez con la que los rumanos llegan a hablar —como sea— el español, con la calidad real del habla. Honestamente, llegar a comunicarse en un idioma extranjero, ya sea en un viaje por Europa o en una multinacional, suele ser más o menos alcanzable. Pero cualquier idioma es difícil de aprender y dominar, de hablar y escribir de manera natural y correcta.
Creo también que los españoles, en su apertura y alegría genuina al escuchar su idioma en boca de extranjeros, suelen valorar más de lo que deberían los modismos madrileños —por ejemplo— en la boca de un rumano.
Asumo esta posición desde la experiencia personal con el español, desde la profesional como profesora de inglés y de rumano, y desde las muchas pequeñas observaciones que caben en más de una década vivida en España. Ningún idioma es fácil de aprender bien. Ningún idioma es fácil de dominar, porque esto significa mucho más que tener un vocabulario amplio o conocer bien la gramática.
¿Qué significa aprender rápidamente un idioma? ¿Un mes, cinco, un año? ¿Y qué significa aprenderlo bien? ¿Hablarlo correctamente, de manera fluida, escribirlo sin errores, conocer todos los modismos y sus matices, el acento, lo que se habla en la calle?
Lo que revela realmente el dominio de una lengua
Yo veo cualquier idioma como algo fluido y vivo, cuyo aprendizaje nunca acaba, que siempre, siempre se puede mejorar y que, sobre todo, no es del todo medible. Más allá de los certificados y los niveles, para mí la prueba definitiva del dominio de un idioma es doble: por un lado, poder explicar una expresión, un dicho, incluso una palabra desconocida, solo a partir del contexto; y por otro, poder crear palabras nuevas cambiando funciones morfológicas pero manteniendo la corrección semántica que impone la estructura propia del idioma. Si el hablante tiene los recursos lingüísticos y la habilidad mental para hacerlo, significa que ese segundo idioma ya es tan natural como pensar, dormir o soñar —y ya no hay límites para su mejora.
Esta doble prueba también la aplico a mi propio recorrido: el momento en el que supe que el español ya era verdaderamente mío no fue cuando conseguí entender una conversación rápida o cuando me dijeron que hablaba «sin acento». Fue cuando empecé a jugar con él, a doblarlo, a inventar dentro de sus reglas.
Ahora más que nunca me siento afortunada porque puedo enseñar a otros y hacerles disfrutar, como hice yo hace años, del bello camino que es aprender un idioma. Más aún, porque mi rumano —ese idioma que muchos consideran minoritario y lejano— sale de lo particular y llega a lo universal: hay gente que quiere hablarlo, que se deja fascinar por la historia y la cultura que esconde, que busca y lee a sus escritores, de los cuales no son pocos los que mantienen que escribir es vivir en un idioma.
Quizá al elogiar tan incondicionalmente las habilidades lingüísticas de los rumanos, Almudena Grandes —y muchos otros españoles— querían señalar justo eso: la apertura a mejorar siempre, la necesidad de hablar el español hoy mejor que ayer, el deseo de superación que impone haber elegido vivir en una cultura diferente, cuyo idioma es tan rico y tan cercano.
Ojalá llegase a crear e introducir en español un dicho que dijese: habla español tan bien, que parece rumano.



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