La provocación

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Satu Nou, Sibiu, 1457

Volviendo a casa tras un día de mercado sorprendentemente bueno, Mijaíl notó que algo andaba mal. El camino, que conocía de memoria, se le antojaba más oscuro de lo habitual. Era imposible haberse equivocado: lo había recorrido cientos de veces. Sin embargo, el humo espeso que lo envolvía, el olor a quemado y la negrura del aire le hacían dudar. Sintió que algo terrible había ocurrido. A cada paso, el presentimiento se tornaba certeza, como si una garra invisible le aferrara el alma y la apretara con fuerza creciente.

Cuando llegó a su aldea, el corazón se le detuvo por un instante. Reconocía los senderos, las esquinas, pero el silencio, la oscuridad y ese humo negro y denso eran ajenos. Al llegar a su casa, lo confirmó: estaba ardiendo. La puerta del jardín estaba entreabierta. Una criatura, quizá su gato atigrado, pasó corriendo, ennegrecida por completo. El fuego envolvía su hogar.

Sin pensarlo, Mijaíl entró corriendo, gritando el nombre de su madre. No hubo respuesta. Salió y subió por las escaleras exteriores hacia el cuarto de ella. La casa estaba semienterrada, y la habitación de su madre se encontraba en la planta superior. Allí, acostada en su lecho, su madre parecía dormir, igual que cada día. Él pensó en todos los regresos del mercado, cuando corría a contarle cuánto había vendido, a hacerla sentir orgullo por él. Ahora, entre humo y llamas, ella no respondía. Trató de despertarla, de levantarla. No hubo señal alguna. No dudó: la cargó en brazos y la sacó de la casa.

Ya en el jardín, la dejó a salvo, lejos del fuego. Allí estaban Ioan y Ana, sus siervos, con el rostro cubierto de hollín, luchando por apagar las llamas. Durante un instante, lo miraron con terror, pero también con esperanza. Parecía que esperaban que él supiera qué hacer. Mijaíl tomó un cubo de agua de manos de Ana y le dijo que fuera a cuidar de su madre. Luego se entregó a la tarea de apagar el incendio.

Iba y venía entre la fuente y el fuego, con un cubo en cada mano, sin detenerse a pensar, sin contar cuántas veces lo hacía. Solo existía ese movimiento repetido, como un trance. En algún momento, sintió que alguien tiraba de su camisa. Era Ioan, que le hablaba, pero Mijaíl no entendía nada. Se dio cuenta de que ya no oía —solo un zumbido lejano llenaba su cabeza. Trató de hablar y no pudo. Carraspeó, lo intentó de nuevo, y nada. Ioan insistía, le acercaba una taza con agua. Mijaíl la bebió. Fue como despertar de un sueño profundo.

Dejó caer el cubo y corrió hacia su madre. Estaba ahora en brazos de Ana, aún inmóvil, aún con ese rostro sereno que parecía dormido. Mijaíl quiso preguntarle por qué no hablaba, por qué no se movía. Entonces, Ana habló con voz clara y firme:
—Cuánto lo lamento, mi hijo. Tu señora madre ya no está. Se nos fue en el sueño.

Escuchó esas palabras con extraña claridad. No gritó. No lloró. Era como si ya las supiera, como si su mente las hubiera pronunciado incluso antes de oírlas. ¿Cómo iba a sobrevivir su madre a ese incendio? Por supuesto que se había ido. Pero cuanto más lo pensaba, más le dolía. La zarpa invisible que sentía desde que entró al pueblo volvía a apretar, con más fuerza. Ya no podía ni estar de pie, ni seguir sentado. Sintió que iba a desmayarse.

Pero no perdió el conocimiento. Al contrario: todos sus sentidos volvieron con una intensidad insoportable. Oía los gritos, los llantos, las toses. El olor a quemado, las ascuas flotando, el sonido del fuego consumiendo lo que quedaba. Todo estaba roto. El techo, las puertas, los establos, el huerto: nada quedaba en pie. Solo el porche y unas pocas paredes resistían, como testigos mudos del desastre. Era como si una montaña hubiera caído sobre su hogar. Como si una gran roca hubiera aplastado una colonia de hormigas.

El fuego no solo había destruido su casa: se había llevado lo más sagrado, lo más esencial. Mijaíl no sabía cómo había comenzado, ni quién era el responsable. Pero desde ese día, su vida estaba partida en dos. En medio de la humareda, del dolor y del caos, comprendió que algo había terminado para siempre. Lo que vino después, aún no lo sabía, pero ya era otro.

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