Cuando el periodismo se convierte en historiografía

[…] un poco de nostalgia hacia una profesión que elegí dejar atrás por la convicción que, en esta época de las redes sociales y la transmisión del mensaje instantáneo en menos de 140 caracteres, el periodismo solo tenía dos opciones: morir delante de los influencers veinteañeros que no saben lo que es un teclado que no sea touch y no necesitan fuentes para postular y comunicar hechos y verdades, o transformarse en pieza y disciplina de museo, para la consulta e investigación de las generaciones futuras que querrán saber qué es, junto con las disquetes y los DVD.

Siempre me ha fascinado la historia; de pequeña, leía historia de cualquier época, de cualquier país o región. Para mí – como seguro que para cualquier aficionado – la historia no era otra cosa que un cuento de más y la distinción entre ficción y realidad no era un aspecto relevante. Leía historia para enterarme de cómo vivía la gente de una época, qué tenían y qué les faltaba a las personas, qué pensaban y qué deseaban, cuáles eran los acontecimientos por los que pasaban, qué sentían, cómo se lo llevaban. Estos hombres y mujeres eran personajes – históricos, sí – en la historia de turno que leía y, como llegué a enterarme más tarde, sus historias, sus vidas, sus acontecimientos no tenían absolutamente nada menos interesante que cualquier novela u obra ficticia. Más tarde, aprendí que las historias mismas de las novelas se inspiran a menudo de la vida real – no es por nada que en castellano la palabra es la misma, tanto para el cuento como para la disciplina.

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