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Vuelta a la (nueva) normalidad

normalidad oms

Esta era una foto que ya circulaba por allí hace tiempo – no es nada nuevo – pero, más allá del chiste, lleva algo que anime a pensar. ¿Qué es lo normal? ¿Hay una definición de lo que es, o más bien de lo que no es lo normal? ¿Hay niveles o grados de normalidad, o es una noción tajante: sí o no?

Hace un par de días hablaba con una amiga que me decía: <<Jo, a ver si pronto salimos de esto, para poder abrazarnos, darnos besos, tocarnos. Ha sido una pesadilla esto del aislamiento: ¿cómo le puedes decir a un español, a un italiano, mantener la distancia, no tocarnos, no respirar cerca…?>>. Personalmente, veo con mucha dificultad dónde cabe tanta ansia por no solo estar en larga y amplia compañía, en la calle, en una terraza, sino por estar cerca de alguien(es), por tocarse, por darse besos y abrazarse. Pero esto es lo mío: aun después de más de una década en España, sigo sin haberme acostumbrado a este actuar tan (demasiado) cercano, tan físico y personal; algunas veces lo he percibido incluso como un poco invasor de mi espacio personal, físico y mental.

Desde el principio de la cuarentena en España, más allá de los ánimos y eslóganes de solidaridad y <<esto lo paramos juntos>>, <<quédate en casa y salva vidas>>, lo que más eco tenían eran las palabras que vislumbraban un futuro no muy lejano en el que íbamos a dejar todo esto atrás, para volver a la normalidad, volver a lo de antes, a llenar las plazas, las terrazas y las playas. Como si todo fuese a ser un paréntesis: abrimos el paréntesis, lo pasamos mal, pero hacemos nuestros deberes cívicos, respetamos las reglas, escuchamos a los especialistas y las autoridades, para luego cerrar el paréntesis y volver a pasarlo bien. Como en el colegio y la época de las promesas sencillas, los pactos con los padres y los maestros: sed buenos y tendréis recompensas; si estudias, eres buen alumno, disciplinado, dedicado y te esfuerzas, vas a tener muy buenas notas.

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Los aplausos que dan pavor

El primer día fue emocionante – lo confieso abiertamente. Sólo con pensar que tú estás aprovechando la tranquilidad y seguridad de tu hogar para protegerte, mientras que otros van a trabajar, y además muchos voluntariamente, para luchar contrarreloj con un virus, arriesgando sus propias vidas por vocación profesional, bueno: todo esto tiene que emocionar.

Personalmente, sólo pude asemejar la situación con la de hace nueve años ya, cuando el desastre de Fukushima nos hacía llegar noticias horrorosas sobre una parecida lucha contrarreloj de los trabajadores de la central que se habían quedado atrás, tratando de paliar los efectos de la radiación. En aquel momento recuerdo que pensé, como todo el mundo: pero esa gente ya sabe que va a enfermar, que se van a morir, y allí siguen, sacrificándose.

No pongo en duda el sacrificio del personal sanitario de España – pero sí la motivación de los que salen en los balcones cada noche. A mí me dan pavor.

El primer día fue emocionante.

El segundo día, empezaron a ovacionar como pidiendo un encore en una obra de teatro.

El tercer día, escuché silbidos – de reconocimiento, claro – como en las pocas ocasiones que fui a ver un partido de fútbol. Es decir, como en un estadio.

El cuarto día, me llega en uno de los grupos de WhatsApp ya petados con memes y vídeos del confinamiento y del “cómo me aburro en casa” un llamamiento de profesionales de apoyo a las personas con discapacidad que piden respetuosamente a la gente que desde los mismos balcones-estadio les insulta e increpa – que deje de hacerlo. Piensen ustedes, se apunta en el llamamiento, que, si ven a alguien andando por la calle con apoyo, será porque esa persona recibe una ayuda terapéutica necesaria, y son las fuerzas de seguridad desplegadas en las calles quienes deciden quién debe o puede estar allí. Estos profesionales también están trabajando; ellos también se están sacrificando y exponiendo a la infección, también por vocación. ¿A ellos quién les aplauda u ovaciona cada noche?

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