De la normalidad de los famosos enfadados con la ley

Lejos de mí cualquier intención de condenarlos o reprobarlos; de juzgarlos o tan siquiera envidiarlos. Sólamente estoy notando como el foco de las luces de la celebridad se está volcando en sus historias personales famosas – lejos, muy lejos de los hechos feos que han desencadenado estas historias. Lo que no gusta, se maquilla; lo que está muy mal se omite; lo que molesta, se oculta para la meta final de la noticia rosa y glamurosa. Un perfecto mundo de plástico en pantalla grande. Y éso que el plástico no tiene nada de mal, igual que nada de mal tiene darle al botón que apaga esa pantalla.

Sigo vislumbrando la lógica según la cual se crean noticias, se formulan titulares y se elaboran reportajes sobre la vida de los famosos condenados por la justicia. Fallo en darme cuenta en qué camino se habrá perdido el sentido común de reprobar públicamente hechos sentenciados por la ley – o al menos callarlos – tanto como para llegar a enterarme, a través de reportajes rosas de la televisión pública, de las travesuras de una cantante que está luchando por un permiso penitenciario dentro de una condena por blanqueo de dinero público, un ex-torero – ¿será? – condenado por haber matatado a alguien en un accidente de tráfico o de una noble muy rica que vive unos largos meses al año en un exilio autoimpuesto para no pagar… impuestos. No llego a entender porqué sus vidas, sus graves errores humanos y sociales y el cumplimiento o no de sus condenas siguen siendo temas de interés para el público devorador de información mundana. No consigo aceptar el mecanismo de esta normalidad a través de la cual, aunque sabiendo muy bien los fallos de estas personas, el público televisivo se está tragando sus historias.

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